Globalización y cultura

Desde hace años es habitual escuchar opiniones en contra de la globalización. Los argumentos que defienden los críticos del libre comercio son muy variados y de diversa categoría. En este breve trabajo intentaré demostrar cómo estos ataques contra el libre mercado no son ni mucho menos nuevos, demostraré en qué medida su crítica viene influenciada por grupos estatistas de presión y, por último, justificaré porqué defender la globalización cultural es un acto de generosidad con los pueblos que históricamente han tenido menos oportunidades de desarrollarse económicamente.

Un primer acercamiento al tema conlleva ineludiblemente la definición de los términos que vamos a manejar.

Coincido con el enfoque que sobre la globalización aporta Tom Palmer, entendiendo como tal :” la disminución o eliminación de las restricciones impuestas por el Estado sobre el intercambio voluntario a través de las fronteras, y al cada vez más integrado y complejo sistema mundial de intercambio y producción que ha surgido como resultado de dichas restricciones estatales sobre el comercio voluntario a través de fronteras” [1]

Entendida así, la primera característica que debemos resaltar es el carácter meramente voluntario de la globalización producido con posterioridad a un levantamiento de las restricciones para el comercio por parte de los estados.

Ahora hablemos de cultura.

El término ha sido utilizado en una gran variedad de formas.

En la Antigüedad clásica se refería al desarrollo de las capacidades específicamente humanas que, regidas por ciertas normas, permitían obtener resultados culturales.

Hoy está considerablemente aceptada una formulación que, partiendo de Malinowski, entiende la cultura como la suma de respuestas dadas a las necesidades elementales del Ser Humano, tales como alimentarse, reproducirse, comunicarse, etc.

Y esas respuestas, como habían anticipado los griegos, terminan por convertirse tan indisolubles para la Humanidad como las necesidades primarias.

El enfoque que voy a utilizar es aquel que define la cultura como las formas de vida concretas que la gente lleva en común, en lo que Peter Berger llama:” su sentido social científico convencional: como las creencias, valores y, estilos de vida de la gente común en su existencia diaria” [2]

¿Es cierto que la globalización provoca la homogenización de la cultura? ¿Están en peligro de desaparición culturas ancestrales por el desarrollo del libre comercio? ¿Debemos temer una pérdida en la “autenticidad” cultural de las comunidades?

Muchos de nosotros hemos escuchado estas preguntas con, quizá, demasiada asiduidad.

Los argumentos de los enemigos de la globalización no son nuevos, como tampoco lo es el fenómeno del que estamos tratando. Quizá, algunos asocien la globalización con determinadas marcas de comida rápida o de refrescos provenientes de los Estados Unidos, país que, en no pocas ocasiones, es considerado como el creador de la globalización y blanco de sus iras.

¿Qué hay de verdad en todo esto? ¿Fueron las democracias liberales quienes crearon la globalización? ¿Qué papel jugó en todo esto los Estados Unidos de América?

La globalización no es ni muchísimo menos un fenómeno reciente; los ejemplos como verán no escasean.

Alrededor del año 420 AC, el filósofo Demócrito de Abdera escribió:” Para un hombre sabio, toda la Tierra está abierta; pues la patria de un buen espíritu es toda la tierra”. [3].

El comercio internacional ha sido identificado desde hace mucho tiempo con la civilización en sí misma. En el libro noveno de la Odisea, Homero presenta a los cíclopes como salvajes precisamente porque no comercian ni tienen contactos con otros:

“Los Cíclopes no poseen naves con proas carmesíes, no hay carpinteros ahí para construirlas en buenas condiciones que pudieran navegarlos a puertos extranjeros de escalaasí como la mayoría de los hombres se arriesgan a los mares para comerciar con otros hombres” [4]

Sin embargo, los griegos no fueron los únicos en ver los beneficios del libre comercio; el Emperador de la dinastía Song del Sur, Gao Zong (1127-1162) dijo que:” las ganancias del comercio marítimo son muchas. Si se administran adecuadamente, pueden sumar millones (de alforjas de monedas). ¿No es mejor esto que imponer tributos sobre el pueblo?” [5]. En el siglo XVIII, el dramaturgo inglés Joseph Addison publicó un relato de sus experiencias con la globalización en The Spectator en 1711:

“Los factores (agentes comerciales) en el mundo comercial son los que los embajadores en el mundo político; negocian asuntos, concluyen tratados, y mantienen buena correspondencia entre esas abundantes sociedades de hombres que están divididas unas de otras por los mares y océanos, o viven en diferentes extremidades de un continente” [7]

Otra figura literaria francesa, François-Marie Arouet, conocido universalmente como Voltaire, en sus Cartas Filosóficas, describe a sus lectores franceses la estimulante, excitante y tolerante atmósfera que se respiraba en la Inglaterra de la época:

“Ve a la bolsa en Londres, ese lugar más venerable que muchas cortes, y verás representantes de todas las naciones reunidos allí para beneficio de la humanidad. Ahí el judío, el mahometano, y el cristiano negocian uno con otro como si pertenecieran a la misma religión, y se guardan el nombre del infiel para aquellos que caen en la bancarrota” [8]

En cambio, no todos veían de la misma manera un fenómeno que se extendía por todo el mundo. Un crítico de la globalización comercial particularmente influyente fue Justus Möser. Möser condenaba el comercio, a los mercaderes, a los vendedores y a los judíos. Hizo campaña contra las personas que llevaban bienes al campo y corrompían los “principios buenos” de los campesinos:

“Nuestros ancestros no toleraban estos tenderos rurales; ellos prescindían de las libertades de mercado; ellos prohibieron a los judíos en nuestra diócesis; ¿por qué el rigor? Ciertamente con el fin de que los habitantes del campo no fueran estimulados, tentados, llevados por el mal camino, y engañados diariamente”. [9]

Möser creía que el comercio terminaría liquidando los principios tradicionales del mundo rural que él identificaba como los buenos principios.

Luego tres siglos, veremos cómo no son pocos los que aún siguen defendiendo sus tesis. Sin embargo,  Möser no solo se preocupaba de los principios morales sino también por los efectos de la difusión de los principios universales.

En 1772 se posicionó en contra de la idea de los derechos humanos universales porque:” se alejan del verdadero plan de la naturaleza, que revela su riqueza a través de la multiplicidad, y despejan al camino al despotismo, el cual busca coaccionar a todos de acuerdo a unas pocas reglas, perdiendo así la riqueza que acompaña la diversidad”. [10].

Möser y sus seguidores modernos sugieren que la libertad de comerciar y viajar hará que todo el mundo sea homogéneo, carente de diversidad, y por ende más pobre. Conformen las sociedades interactúen más, afirman ellos, se vuelven más similares.

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